“Por primera vez me gané algo que nunca imaginé”. Así resume Yamira Pinzón el momento en que el Instituto para la Economía Social - IPES le anunció que recibiría una caseta. Entre decenas de personas que esperaban el resultado del sorteo, su nombre fue el primero en aparecer.
Escrito por: María Hernández
La emoción fue tan grande que rompió en llanto. La noticia llegó cuando más la necesitaba. Meses atrás había perdido a una de sus hermanas, una de las personas más importantes de su vida, y sentía que había perdido el impulso para seguir adelante.

Yamira Pinzón tiene 70 años y 50 de ellos los ha dedicado a la venta informal. / Fotografía: María Hernández
“Yo no tenía ganas de nada, no quería hacer nada”, recuerda. Por eso, la caseta nunca fue una simple caseta, fue el punto de partida para reconstruir una vida que el duelo había puesto en pausa.
A pocos metros del centro comercial Nuestro Bogotá, en la localidad de Engativá, hoy funciona el negocio donde pasa buena parte de sus días. Allí vende dulces, bebidas, cigarrillos y conversa con clientes que ya la conocen por su nombre. Pero la historia comenzó mucho antes, cuando una niña santandereana llegó a Bogotá con apenas nueve años y creció viendo a sus padres trabajar todos los días.
Su mamá tenía una pequeña fábrica de sudaderas y su papá recorría el centro de la capital vendiendo marquillas para prendas de vestir. Ambos eran comerciantes y, sin proponérselo, le enseñaron el oficio que terminaría acompañandola durante toda la vida.
“Mi mamá fue una guerrera y mi papá también. Yo creo que por eso me gustan tanto las ventas”, asegura.
Con los años, Yamira vendió ropa, empanadas, gaseosas y todo aquello que representara una oportunidad. Si alguien le ofrecía mercancía para vender, ella encontraba la manera. Si había una feria en algún pueblo, allá estaba. Y si aparecía un nuevo producto, también se le medía.
“Yo me le he medido a todo”, explica. Y no parece una exageración. Las calles de Bogotá fueron durante casi 50 años su lugar de trabajo. Allí aprendió a conseguir clientes, a soportar las madrugadas, a convivir con la competencia y a defender su espacio cuando era necesario. Conoció la incertidumbre de no saber cómo estaría el día siguiente y la preocupación constante de depender de lo que lograra vender.
Aún así, nunca pensó en dejar de trabajar. Por eso, cuando el IPES le informó que había sido seleccionada para recibir la caseta, sintió que algo comenzaba a cambiar.

Yamira Pinzón en su puesto de trabajo, ubicado en la localidad de Engativá. / Fotografía: María Hernández
Cuando abrió la caseta por primera vez no sabía muy bien qué vender. Llenó los estantes con dulces porque era lo que conocía y empezó a observar a quienes pasaban por el sector, preguntó, aprendió y poco a poco fue entendiendo qué necesitaban los clientes. Con el tiempo llegaron nuevos productos, aparecieron los avisos que hoy cuelgan en las paredes de su espacio y comenzaron a regresar las personas que ya la reconocen por su nombre.
A sus 70 años, Yamira sigue llegando cada mañana a la caseta. Ya no a las tres o cuatro de la madrugada, el cuerpo ya no responde igual, pero eso no le impide abrir cada día a día su negocio, atender a sus clientes y seguir trabajando como lo ha hecho durante toda su vida.
Mientras conversa, recorre con la mirada cada rincón del espacio que construyó poco a poco desde que abrió sus puertas. “Esto me ayudó”, asegura. Y no habla únicamente de las ventas, habla de la tranquilidad de tener un lugar seguro desde donde seguir trabajando, de mantener la independencia que siempre ha defendido y de la certeza de que, después de más de 50 años buscando el sustento en las calles de Bogotá, encontró la estabilidad que durante años estuvo buscando.