Cada mañana, antes de que empiecen las clases en la Pontificia Universidad Javeriana, decenas de estudiantes hacen una parada frente a un mobiliario semiestacionario ubicado sobre la carrera Séptima. Algunos llegan buscando un tinto para espantar el sueño. Otros necesitan algo diferente: Desahogarse, pedir un consejo o simplemente hablar con alguien.
Escrito por: María Hernández
Jenny Ospina, la dueña del mobiliario ya sabe reconocerlos. “Cuando no tengan para el transporte o para almorzar, vengan para acá”, suele decirles con la tranquilidad de quien ha visto pasar generaciones enteras de jóvenes por el mismo lugar.
Con el tiempo entendió que muchas veces un café no era lo que realmente necesitaban. Mientras sirve un perico, un chocolate o un sándwich, escucha historias de estudiantes preocupados por su situación económica. Ella los escucha, los aconseja y les recuerda que siempre habrá alguien dispuesto a tenderles una mano.
Por eso, cuando habla de ellos, lo hace como si hablara de sus propios hijos: “Hagan de cuenta que yo soy una mamá más para ustedes”, les dice. Y no es una sola frase.
Recuerda especialmente a una joven que atravesaba una situación muy difícil. Durante semanas encontró en Jenny una persona para conversar, desahogarse y sentirse acompañada. Hoy esa estudiante terminó la universidad, trabaja y todavía vuelve a visitarla.
Tampoco es el único caso. Muchos profesionales regresan años después únicamente para saludarla o compartir un café. Algunos llegan con sus hijos, otros pasan antes de una reunión. Todos vuelven al mismo lugar donde alguna vez encontraron mucho más que una bebida caliente.
A sus 48 años, Jenny conoce casi de memoria la rutina de la comunidad universitaria. Lleva más de cuatro décadas en los alrededores de la Javeriana y hace ocho años encontró una nueva oportunidad cuando el Instituto para la Economía Social - IPES le adjudicó el semiestacionario donde hoy trabaja.
Ese cambio también le permitió fortalecer su negocio. Gracias al acompañamiento del IPES recibió capacitaciones en manipulación de alimentos, atención al cliente y otras herramientas para quienes comercializan alimentos. “Ha sido una formación muy bonita”, asegura.
La estabilidad que encontró con su alternativa comercial transformó también la vida de su familia. Con los ingresos de su negocio pudo pagar el arriendo y los servicios, aportar a su mamá y sacar adelante a sus hijos. Hoy uno de ellos ya terminó su formación en el SENA, el otro continúa estudiando y aprendiendo inglés, mientras ella sigue trabajando para cumplir otro de sus grandes sueños: Tener casa propia.
Quienes pasan por su semiestacionario siguen creyendo que van por un tinto, pero Jenny sabe que, muchas veces, lo que realmente vienen buscando es alguien que los escuche.
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