Todo tatuaje comienza con un boceto. Antes de que la tinta toque la piel, hay una historia que empieza a tomar forma.
La de Robinson Pinzón, de 33 años, comenzó mucho antes de convertirse en tatuador.
Escrito por: María Hernández
Hoy atiende una papelería en el Punto Comercial Minicentro, en la localidad de Chapinero. Entre fotocopias, impresiones, cuadernos, lapiceros, pegantes, y envíos nacionales e internacionales, hay algo que llama la atención de quienes entran a su local: Los retratos que dibuja y exhibe entre las estanterías.
Uno de esos dibujos terminó cambiándole la vida. Un hombre llegó hasta su papelería porque sabía que Robinson hacía retratos y quería que le pintara a uno de sus padres. Cuando recibió el dibujo, en lugar de despedirse, le hizo una propuesta inesperada.
— “¿Será que usted aprende a tatuar? Yo le pago el curso y, cuando se sienta preparado, me tatúa a mi mamá. Quiero que quede igual que el dibujo”.
Robinson aceptó, nunca había tatuado, pero aprender algo nuevo nunca le había dado miedo. A los 18 años, recién salido del colegio, empezó a vender manillas como vendedor informal por las calles de Chapinero y del centro de Bogotá.
“Comencé con unos amigos vendiendo manillas. Nos íbamos desde Chapinero hasta el centro. Luego dije: ‘No, yo quiero hacer algo más’. Entonces empecé a estudiar el tema del transporte, de los envíos y al final terminé en diseño”, dice.
Primero llegaron los diseños para pequeños negocios. Después la publicidad, los retratos y todo aquello que pudiera aprender para ofrecer un nuevo servicio. Robinson entendió muy pronto que aprender algo nuevo siempre terminaba convirtiéndose en una oportunidad.
“Yo hago de todo prácticamente”. No es una frase para impresionar, es la forma más sencilla de resumir una vida en la que aprender siempre significó abrir una puerta más.
Por eso nunca dejó de estudiar. Marketing digital, atención al cliente, innovación empresarial, logística, transporte y bioseguridad son algunos de los cursos que ha realizado. Cada uno terminó convirtiéndose en una herramienta más para fortalecer su trabajo.
Pero, aunque cada vez sabía hacer más cosas, seguía dependiendo de la calle para trabajar. Esa situación empezó a preocuparlo aún más cuando formó una familia y sintió la necesidad de encontrar un lugar más estable para sacarla adelante.
Fue entonces cuando conoció el Instituto para la Economía Social - IPES. Después de años trabajando en las calles, se postuló a una de las alternativas comerciales de la entidad y accedió un local en el Punto Comercial Minicentro, un espacio seguro donde pudo desarrollar su actividad económica y comenzar una nueva etapa como comerciante.
Allí abrió la papelería y, poco a poco, fue incorporando todo lo que había aprendido durante años: Diseño gráfico, retratos, impresiones, envíos nacionales e internacionales y cada nuevo conocimiento que encontraba útil para su negocio.
Con el tiempo, aquella papelería terminó pareciéndose mucho a Robinson. Quienes entraban buscando una fotocopia o un cuaderno descubrían que detrás del mostrador también había un diseñador, un retratista y alguien dispuesto a aprender un oficio nuevo cada vez que la vida se lo ponía adelante.
“He conocido a muchos clientes, de todo tipo. Y en la calle también lo hacía, pero acá genera más confianza, le hacen encargos a uno”, asegura.
Y fue justamente esa manera de entender la vida la que lo llevó a aceptar la propuesta de aquel cliente. No sabía tatuar, pero aprendió, y hoy el microrealismo también hace parte de los servicios que ofrece.
“Pregúntele a Robinson. Si Robinson no sabe, se la saca de algún lado”, dicen los que lo conocen. Robinson sonríe cuando recuerda esta frase, y después de conocer su historia resulta difícil encontrar una definición más precisa de un hombre que ha hecho de cada aprendizaje una nueva marca en el camino que él mismo ha decidido dibujar.
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