Bertha Revelo lleva 65 años trabajando en la calle. No porque no encontrara otra salida, sino porque la calle es su origen, su escuela y su lugar en el mundo. Pero ella hizo su transición hacia una alternativa más formal gracias al Distrito y hoy, es parte fundamental de su vida.
Escrito por: Francisco Javier Reyes Farak
Hay personas que eligieron las ventas informales, pero Bertha nació en ellas. Desde los siete años acompañaba a su mamá en la Carrera Décima, y lo que empieza como acompañar termina siendo identidad. La informalidad no fue para ella una etapa ni una estrategia de supervivencia, fue el único mundo que conoció, el que aprendió a leer mejor que nadie, y el que lleva décadas habitando con dignidad.
Desde los siete años, Bertha acompañaba a su mamá en la Carrera Décima y los alrededores de San Victorino. Su madre vendía limón, chontaduro, piña, lo que saliera en el día. Catorce hijos en casa, y todos aprendieron antes de hablar a leer el movimiento de la calle, a saber cuándo un cliente se detiene de verdad y cuándo solo mira.
"Le agradezco muchísimo a mamá porque desde muy pequeños nos enseñó a trabajar y hemos sabido sacar nuestros hogares adelante a raíz de las ventas informales".
Esa enseñanza no fue solo práctica. Fue una forma de entender el trabajo: Sin romanticismos, sin queja innecesaria, con los pies en la calle y la cabeza en lo que hay que resolver. Bertha se apropió de estas situaciones que marcan el alma y las incorporó a la crianza de sus seis hijos. Hoy tiene diez nietos y un bisnieto.
"Pobremente, no les di lujos, pero todos están bien. Nunca aguantaron hambre, es lo importante."
Entre esas frases, cabe una trayectoria entera que se resume en veinte años en la venta informal. Es una de las beneficiarias más antiguas del programa del Instituto para la Economía Social.
Dos décadas en el mismo punto, conociendo cada grieta del andén, cada cara que pasa de lunes a viernes, cada cambio de clima que transforma el ánimo de los compradores.
Sin embargo, la pandemia lo cambió todo. Antes se quedaba hasta las siete u ocho de la noche. Hoy cierra a las cinco. "Esto cambió mucho después de la pandemia, ya no es lo mismo." No lo dice con amargura sino con la lucidez de quien sabe que la calle tiene sus épocas y hay que adaptarse.
Con sus compañeros de Quiosco la relación es sana: "El respeto ante todo", y eso lo practica también hacia los demás vendedores informales que no tienen puesto, los que siguen en la misma situación que ella vivió antes de entrar al programa. Los ve como pares, no como competencia ni como problema, incluso los invita a que se unan al IPES..
"Lo importante es saber trabajar y trabajar para bien. Si es la forma de sustento para que levanten sus hogares, sigan adelante."
La historia de su familia tiene esa coherencia interna que no siempre se ve desde afuera. Un hermano cuida carros, dos hermanas venden ropa interior y medias en la Décima, igual que su mamá décadas atrás, pero con mercancía distinta. Algunos de sus hijos siguieron el camino informal, uno tiene un local, otro tiene un taller de aerografía, otro hace mensajería.
La informalidad, para ellos, es un punto de partida, una escuela, una forma de moverse en el mundo cuando este no te ofrece la puerta delantera.
Bertha llega faltando diez para las siete de la mañana. Se va a las cinco de la tarde. En esas horas recibe a clientes habituales, charla con sus vecinos de Quiosco, observa el flujo de la calle con la calma de quien ya no necesita aprenderla porque la tiene incorporada. La calle no le es hostil. Le es familiar.
"El día que Dios me llame no me siento desagradecida porque me ha dado mi sustento. Y yo creo que ya muero así."
Hay personas a las que esa frase les puede sonar resignada. No lo es. Es la declaración de alguien que encontró en su oficio una identidad que no necesita validación externa para sostenerse.
La Décima la vio nacer en el trabajo y todavía la ve llegar cada mañana con las nuevas oportunidades que el IPES le ha brindado.
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