Gregorio Guerrero aprendió desde niño a rebuscarse en la calle. Cuarenta años después, el IPES le dio una razón para quedarse quieto.
Escrito por: Francisco Javier Reyes Farak
El apodo lo puso un profesor de primaria y ya nunca se fue. Gregorio Guerrero se subía a los buses de la Carrera Décima con sus maníes y sus habas cuando los buses todavía tenían cobrador, cuando el pasaje se pagaba en efectivo y el vendedor se bajaba en la siguiente parada a subirse al siguiente bus.
"Son anécdotas. Volver a esa época. Aunque hoy ya estoy mejor, bendito sea mi Dios."
"Ratoncito", le decían, y él lo adoptó con esa naturalidad que tienen los apodos que uno termina prefiriendo al nombre de pila. Hoy tiene 65 años y un mobiliario semi estacionario, un triciclo, en el centro de
Bogotá. Lleva cuarenta años vendiendo en la calle, pero hace ocho que ya no tiene que salir corriendo.
Retrato de Gregorio.
La historia de Gregorio empieza antes de su nacimiento. Su mamá lavaba ropa ajena para mantener a diecisiete hijos. No alcanzaba para más, y los hijos lo sabían. Cuando uno crece viendo a su madre trabajar así, aprende rápido que el rebusque no es una opción, es una obligación.
Gregorio y sus hermanos salieron a la calle. Algunos se quedaron en ella toda la vida. Otros encontraron empleo formal y formaron su hogar desde ahí. Gregorio siguió en la calle, pero no porque no tuviera opción. Antes de tener un lugar fijo, la calle fue su único territorio de trabajo, recorrida de arriba a abajo con la mercancía a cuestas.
Luego consiguió una tabla, lo que en el argot de los vendedores informales se llama una chaza, y comenzó a rotar por los parques y estadios de la ciudad. Donde hubiera evento, ahí estaba Gregorio con su mercancía, la ciudad entera era su local. Pero la calle también cobra su cuota.
"Yo me cansé de tanto correrle a los policías. Llegué y me puse a pensar, voy a ver qué está proponiendo el IPES, qué opción tienen."
Ese momento de cansancio fue también un momento de claridad. Gregorio acudió al Instituto para la Economía Social, hizo el proceso, esperó, y hace ocho años obtuvo su mobiliario.
El mismo que hoy comparte, casi siempre, con su compañera de vida. Ella tiene 55 años, él lleva con ella desde 1986, un amor de décadas. Se conocieron jóvenes y hoy trabajan en llave.
Cuando Gregorio baja a surtir en la cigarrería, ella cuida el puesto. Cuando ella tiene que moverse, él se queda. Cuarenta años de vida compartida resumidos en una dinámica de trabajo tan engranada y en las calles, que ya no necesita explicación.
Tienen cuatro hijos. A todos los criaron con chazas en la calle, con la venta diaria, con lo que daba el día. El mayor es vendedor ambulante, el otro hace acarreos con moto y los demás armaron sus propios hogares y caminos.
Hoy vive tranquilo. Lo repite varias veces durante la conversación, con la insistencia de quien sabe que esa tranquilidad no siempre estuvo disponible. Ya no corre. Ya no esconde la mercancía. Ya no calcula si hoy alcanzará antes de que llegue la policía. Tiene un espacio reconocido, una rutina segura, un puesto que es suyo.
Y desde ese puesto, Gregorio Guerrero se ha convertido en algo que no esperaba, un promotor espontáneo del programa del Distrito. Le dice a sus compañeros que se acerquen al IPES, que hay alternativas, que la proyección no es rendirse sino avanzar.
"Yo le digo como vendedor de la calle a muchos: Háganle que el IPES da buenas oportunidades."
Oficina Asesora de Comunicaciones
INSTITUTO PARA LA ECONOMÍA SOCIAL - IPES
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