A las 10:00 de la mañana en pleno corazón de Bogotá, sobre la emblemática Carrera Séptima, me preparaba para escuchar uno de esos testimonios que no se olvidan fácilmente. Había algo en la historia de Rubiela que me impulsó a conocerla: ser madre soltera, no haber terminado su bachillerato y su capacidad e sobreponerse a lo que la vida le puso por delante.
Escrito por: Alejandra Catalina Bello Rojas
Caminando entre la calle 26 y el Museo Nacional me encontré con una pared amarilla que llamó mi atención porque tenía mochilas de muchos colores, artesanías y plantas, todas colgadas para que transeúntes no dejaran de verlas, y a su vez, de comprarlas.
Me encontré con una sorpresa, esta no era cualquier pared, era el punto comercial Rotonda Santa Fe, algo así como un centro comercial administrado por el Instituto para la Economía Social, una entidad de la Alcaldía de Bogotá.
Luego de indagar en el punto, recorrer sus pasillos y hablar con algunos vendedores, entendí que se encuentran familias que pasaron de vender artesanías en las calles a ofrecer sus productos en espacios seguros, cubiertos, llenos de esperanza. Mejoraron sus condiciones de vida.
A tres locales de la entrada, a mano derecha, estaba Rubiela Ñungo terminando de acomodar las últimas artesanías para comenzar un nuevo día. Había llegado apurada, con ese cansancio silencioso que solo conocen quienes madrugan a ganarse la vida. Pero cuando levantó la mirada y me vio llegar, todo cambió.
Me recibió con una sonrisa amplia y genuina. Llevaba una chaqueta blanca que realzaba su piel trigueña, y me saludó como si nos conociéramos de toda la vida.
Le expliqué que quería grabar su testimonio para compartir su camino, su fortaleza y su empuje como mujer. Nerviosa al principio, no tardó en abrirse con una generosidad que desarmó cualquier protocolo. Y así comenzamos.
Rubiela nació hace 53 años en Venadillo, Tolima, un municipio donde la vida transcurre entre la calidez de la tierra y la sencillez de lo cotidiano. Allí, en los pasillos del colegio, conoció a quien hoy es su esposo, su primer amor como dice ella con esa mezcla de nostalgia y ternura que solo da el tiempo.
Años después, con una hija adolescente y pocas oportunidades en su pueblo, Rubiela tomó una decisión que cambiaría el curso de su historia: emprender sola el viaje para mejorar sus condiciones de vida en Bogotá. Venir a la capital no era un sueño, era una necesidad. Y ella lo asumió con la determinación de quien no tiene segunda opción. Lo que no sabía es que el destino tenía algo guardado para ella: el amor de su juventud.
Mientras Rubiela jugó suerte en Bogotá, su actual esposo ingresaba al servicio militar y, tras cinco años de carrera, participó en un operativo contra grupos guerrilleros en el Guaviare. En ese operativo, una bala impactó su columna vertebral, fue otra víctima del conflicto armado en este país que sobrevivió a la violencia, quedó en silla de ruedas.
Cuando Rubiela lo encontró de nuevo, no vio limitación alguna. Reconoció el mismo amor de la adolescencia, con más historias, más experiencias y el mismo valor humano.
El amor, los recuerdos y el cariño que ninguno de los dos había podido olvidar fueron más fuertes que cualquier circunstancia. Se dieron una nueva oportunidad y decidieron construir juntos, desde cero, lo que la juventud no les había permitido.

Rubiela y su esposo en Venadillo, Tolima. Foto: Cortesía Rubiela Ñungo
El esposo de Rubiela había aprendido durante su recuperación, a elaborar muñequitos de fique llenas de detalle y paciencia, esa habilidad se convirtió en el primer motor de su emprendimiento.
Salieron a la calle a mostrar su talento y buscar compradores, sin un punto fijo, expuestos al clima, a la incertidumbre y a la inestabilidad que conoce bien cualquier vendedor informal en una ciudad como Bogotá.
En ese entonces, Rubiela y su esposo eran dos de los más de 95.000 vendedores informales que cada día buscan lograr un sueño: mejorar su calidad de vida.
Personas con oficios, con historias, con familias pero sin la red que les permitiera dar el salto hacia algo más estable. Esa red llegó cuando conocieron el Instituto para la Economía Social.
Cuenta Rubiela que su llegada al Instituto comenzó como una postulación casi por azar, pero que tiempo después se convirtió en el punto de inflexión de su vida.
Cumplieron los requisitos, fueron seleccionados y obtuvieron un módulo en la Rotonda Santafé hace 19 años.
Desde ese momento, nada volvió a ser igual.
El Instituto para la Economía Social no solo les dio un espacio físico, sino que les ofreció algo que la calle nunca pudieron conseguir: estabilidad, visibilidad y herramientas concretas para crecer.
A través de sus programas de capacitación en emprendimiento, Rubiela aprendió a fortalecer su negocio, a presentar mejor sus productos, a construir una clientela y a proyectarse más allá de la supervivencia diaria.
En menos de dos años, dejaron de depender del día a día para contar con un ingreso económico estable. Sus artesanías que antes se perdían entre las calles de la ciudad, encontraron un lugar donde ser vistas, valoradas y compradas.
Hoy, el módulo de Rubiela en la Rotonda Santafé es mucho más que un puesto de trabajo, es la expresión concreta de una familia que se reconstruyó contra todo pronóstico y de una institución que creyó en una familia cuando más lo necesitaban.
Su historia no es la excepción. Es el recordatorio de que detrás de cada vendedor informal hay una persona con nombre, con historia y con un potencial enorme que solo necesita la oportunidad correcta para expresar su talento y como decimos en Colombia: “Salir adelante”. Una verdad que el Instituto para la Economía Social tiene muy clara y que Rubiela Ñungo representa con orgullo desde hace 19 años.
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