Son las nueve de la mañana en el centro de Bogotá y la ciudad avanza con su ritmo habitual: Estruendos de buses y Transmilenios en cada parada, pasos rápidos y vendedores que levantan la voz para no desaparecer entre el ruido.
En medio de ese movimiento hay un puesto ordenado en la Alternativa Comercial Box Coulvert, en la Calle 12 # 9 - 68, pleno centro de Bogotá, con plantas cuidadosamente empacadas y un nombre que se repite en cada etiqueta, Medicina Natural el Abuelo.
Escrito por: Francisco Javier Reyes Farak
Detrás del mostrador está Don Ramón, observando el paso de las personas con la serenidad de quien ya no depende del azar y la inestabilidad para empezar el día, pues hoy cuenta con su propio puesto de ventas en el famoso túnel comercial.

Mucho antes de consolidar su negocio naturista, Don Ramón había acumulado un conocimiento poco común. Vivió quince años en el Chocó, una experiencia que marcó su destino. Allí, en contacto con comunidades indígenas y rodeado por la riqueza natural de la selva, aprendió sobre plantas medicinales y tratamientos tradicionales.
Cuenta que llegan clientes de distintas partes de la ciudad buscando alivio para sus dolencias, y habla de varices, diabetes o problemas digestivos con la seguridad de quien ha convertido el conocimiento en oficio. Pero su historia no comenzó aquí, ni en un local formal, ni bajo la tranquilidad de un ingreso fijo. Su historia empezó en la incertidumbre de la calle.
Ramón Ramírez Aristizábal nació el 18 de diciembre de 1954 en el municipio de Santuario, Antioquia. Tenía alrededor de 25 años cuando decidió migrar a Bogotá, impulsado por ese llamado silencioso que durante décadas ha traído a miles de colombianos a la capital en busca de oportunidades. La ciudad que encontró era exigente y, como muchos recién llegados, su primer camino fue el de la venta informal.
Recorrió barrios enteros (Prado Veraniego, 20 de Julio, Restrepo, Kennedy y Corabastos, entre otros) cargando distintas mercancías según lo permitiera su día. “Vendía lo que se atravesara”, recuerda: Miel, frutas, cualquier producto que le diera la posibilidad de volver a casa con algo de dinero.
Ese aprendizaje, sumado a una inclinación familiar por la medicina natural, terminó convirtiéndose en su vocación. Sin embargo, saber no siempre es suficiente cuando no se tiene un lugar estable para ejercer ese conocimiento. Durante décadas, su experiencia viajaba con él de esquina en esquina.
El cambio llegó con el Instituto para la Economía Social (IPES). Don Ramón no recuerda con precisión el nombre que tenía la entidad cuando la conoció (era el Fondo de Ventas Populares, en esa época), pero sí tiene clara la huella que dejó en su vida.
El momento clave ocurrió en una feria realizada en el Parque Santander, donde gestores del Instituto dialogaron, acompañaron y, finalmente, sortearon los puestos formales. La suerte estuvo de su lado. Hace cerca de once años obtuvo el espacio donde hoy atiende a sus clientes, un lugar que transformó no solo su manera de trabajar sino también su forma de vivir.
La formalización trajo consigo algo que para muchos puede parecer simple, pero que cambia por completo la existencia de un trabajador informal: La estabilidad. “Aquí estoy tranquilo porque no tengo que estar volteando de un lado para otro”, explica el hombre que ya no depende del clima, ni de la inclemencia del espacio público; ahora puede abrir su puesto cada mañana con la certeza de que su trabajo tiene un lugar reconocido.
Esa tranquilidad se tradujo en ingresos más constantes, en la posibilidad de proyectarse y en mejoras concretas para su calidad de vida. “Por tener el ingreso fijo uno va cambiando… se puede pasar a vivir a otra parte”, comenta sin ostentación, como quien describe un logro construido paso a paso.
El acompañamiento del IPES no se limitó a ofrecerle un espacio. Don Ramón participó en varios procesos de formación, entre ellos cursos de manipulación de alimentos, que fortalecieron su actividad económica y le dieron herramientas para crecer. Fue precisamente en uno de esos cursos donde surgió la idea de consolidar una marca propia.
Así nació Medicina Natural el Abuelo, un proyecto que hoy está formalmente matriculado en Cámara de Comercio y que representa mucho más que un nombre comercial, pues es el símbolo de una trayectoria que pasó de la informalidad a la empresa. La confianza de los clientes, explica, también es resultado de ese proceso. Tener un negocio establecido genera credibilidad, fideliza a quienes compran y permite que la experiencia se traduzca en reputación.
Además, su vínculo con el Instituto continúa vigente: Paga la administración de su puesto y reconoce en la entidad un aliado fundamental en su camino y quiere que más vendedores acepten la oferta: “Es mejor darles la oportunidad a otros que la necesitan”, en esa frase se percibe a un hombre que no ha olvidado lo que significa esperar una oportunidad.
La historia personal de Don Ramón también está entrelazada con su trabajo. Tiene tres hijos y todos se dedican a las ventas, prolongando una tradición familiar ligada al comercio. Mantiene una vida tranquila, sostenida por la disciplina de décadas de esfuerzo. Hoy habla desde un presente más estable, pero sin desprenderse de la humildad que lo acompañó cuando recorría la ciudad vendiendo mercancía sin estabilidad.
Don Ramón pasó de la incertidumbre diaria a la posibilidad de planear, de ahorrar, de construir un patrimonio y de trabajar con dignidad. Su negocio es pequeño en tamaño, pero enorme en significado. Representa el momento en que dejó de perseguir el sustento para empezar a administrarlo.
Estar en el punto comercial para él: “Significa que estamos trabajando y que no falta lo necesario”, responde. En una ciudad que no se detiene, don Ramón tampoco lo hizo y esa certeza, es una forma profunda de bienestar.
La historia de Don Ramón es, en esencia, la historia de una transformación. La de un vendedor informal que recorrió Bogotá durante años hasta encontrar un lugar propio; la de un saber tradicional que se convirtió en emprendimiento formal; y, sobre todo, la de cómo el acompañamiento del IPES puede abrir caminos reales hacia la estabilidad.
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