En la plazoleta de la iglesia del 20 de Julio conviven, cada fin de semana, más de mil vendedores informales. Claudia Patricia Torres, que llegó al sector a los siete años, cuenta cómo ha cambiado ese comercio en casi cinco décadas.
Escrito por: Francisco Javier Reyes Farak
Todos los días, pero sobre todo los domingos, la plazoleta de la iglesia del 20 de Julio se llena antes de que amanezca del todo. Entre puestos de novenas, escapularios, flores y estampas del Divino Niño se abren paso las personas que llegan a pedir un milagro, los turistas que se detienen a fotografiar la fachada de la catedral y los vecinos que pasan camino al trabajo.
Según cifras del IPES, entre semana el número de vendedores informales que trabajan alrededor del templo llega a cerca de 400 personas; los fines de semana, cuando el flujo de fieles se multiplica, la cifra sube hasta los 1.049 vendedores.
Pocos lugares de Bogotá concentran tanta actividad informal alrededor de un solo punto religioso.
Entre esos casi mil vendedores de un domingo cualquiera está Claudia Patricia Torres, de 56 años, bogotana de nacimiento y radicada en el 20 de Julio toda la vida. Su historia con la plazoleta no empezó como vendedora, sino como niña de la mano de su abuela.
“Llegué acá a la edad de siete añitos”, cuenta. En ese entonces, un poco más abajo, sobre la calle 27, todavía funcionaba una plaza de mercado, y era ahí donde su abuela vendía frutas y verduras.
Con el tiempo, la madre de Claudia cambió las verduras por artículos religiosos: novenas del Divino Niño, escapularios, estampas. Ese giro, que parecía apenas un cambio de mercancía, terminó siendo el origen de una tradición familiar que ya lleva casi cinco décadas.
“Debido a la catedral, toda mi familia ha salido adelante”, resume Claudia. No es una frase hecha. Siendo apenas una adolescente quedó embarazada de su primer hijo, y fue en ese mismo puesto, entre novenas y rosarios, donde encontró cómo sacar adelante a sus dos hijos como madre cabeza de familia. Hoy uno de ellos vende también artículos religiosos en el mismo sector, de manera que la tradición ya cumple, con él, una tercera generación.
La vida de Claudia en la plazoleta no se explica sin la parroquia. Cuenta que de niña estudió toda la primaria en la escuela salesiana del sector, becada junto con sus hermanos y otras cerca de cincuenta niñas cuyas familias también vendían alrededor del templo. Ya de adolescente continuó el bachillerato en el colegio María Auxiliadora y, más adelante, se formó en encuadernación en un centro de oficios ubicado sobre la carrera séptima, lo que le permitió trabajar un par de años como encuadernadora en la editorial Panamericana.
Fue una experiencia breve, mediada por una empresa contratista que, según relata, terminó por costarle no acceder a una pensión por ese periodo. Con o sin ese paréntesis laboral, la plazoleta siempre terminó llamándola de vuelta.
Además del comercio, la fe articula una red de apoyo que Claudia describe con detalle. Junto a la catedral opera un centro de familia, atendido por la comunidad salesiana, que recibe las donaciones de dinero, ropa y otros aportes que dejan los llamados bienhechores: personas que atribuyen al Divino Niño algún milagro y retribuyen con una obra de misericordia.
Con esos recursos, bajo la coordinación del actual párroco, Luis Fernando Velandia, el centro apoya a madres cabeza de familia como ella, a personas de la tercera edad y a quienes deben cubrir los gastos de un funeral cuando fallece un familiar. Para Claudia, esa red no es un dato aislado, es la misma que la sostuvo a ella cuando más lo necesitó.
Pero si algo le permite hablar con autoridad sobre el sector no es solo la fe, sino el tiempo. Con casi cincuenta años de plazoleta a cuestas, Claudia ha visto transformarse el comercio informal del 20 de Julio de una manera que hoy la preocupa.
“Cuando yo era una niña, el dinero se veía”, recuerda, “pero ahorita el nivel económico de los vendedores informales se ha caído bastante”. La razón, dice, no es la falta de fieles ni de turistas, sino un cambio de hábito, la gente ya no se acerca a comprar un escapulario en el puesto, sino que lo pide por aplicaciones digitales. El comercio presencial, que durante décadas fue el corazón económico de la plazoleta, compite ahora con un clic.
La paradoja es que, mientras las ventas bajan, el número de vendedores aumenta. Claudia lo asocia directamente con el desempleo, quienes no logran entrar a una empresa formal, dice, terminan probando suerte en la calle, así la rentabilidad ya no sea la de antes.
A eso suma una reflexión sobre el trato que reciben los adultos mayores en el mercado laboral formal, un grupo al que ella misma pertenece. Considera que la experiencia y el compromiso de una persona mayor deberían pesar a su favor y no en contra, y lamenta que muchas empresas prefieran no contratarlos.
“El adulto mayor está enseñado a trabajar y ya cuando uno llega a cierta edad, ya no le dan trabajo”, dice, y ahí encuentra una de las razones por las que, para muchos bogotanos de su generación, la venta informal termina siendo la única puerta abierta.
Ese crecimiento sostenido de vendedores, sin embargo, también ha traído desorden, y en eso Claudia es enfática. A diferencia de una iglesia de barrio, explica, la catedral del Divino Niño recibe un volumen de visitantes, que no se compadece con la manera desorganizada en que hoy está distribuido el comercio a su alrededor.
Claudia recuerda que, hace cerca de veinte años, la Alcaldía adelantó un proceso de reubicación hacia el recinto ferial de Corferias, en el que buena parte de los vendedores del sector llegó a firmar su traslado. El intento no prosperó, ya que en el nuevo espacio no se permitía la venta de artículos religiosos, el corazón del negocio de la plazoleta, y con el tiempo los vendedores reubicados terminaron regresando a tomarse de nuevo las calles alrededor de la catedral.
Para ella, ese antecedente es la prueba de que cualquier solución futura debe partir de entender qué es lo que realmente sostiene el comercio del 20 de Julio: no el espacio en sí, sino su cercanía con la fe que lo llena todos los domingos.
Con el pelo recogido y las manos ocupadas acomodando novenas mientras habla, Claudia resume su relación con este lugar en una sola idea: el Divino Niño le ha hecho milagros, y de ahí ha sacado adelante a su familia durante casi cincuenta años. Es una historia personal, pero también es, en buena medida, la historia de cientos de vendedores que cada fin de semana convierten la plazoleta en uno de los mercados religiosos más grandes de Bogotá: un comercio nacido de la devoción, que hoy busca, con urgencia, encontrar su propio orden.
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